viernes, 19 de septiembre de 2008

LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS: TRAS LAS HUELLAS DEL SOLDADO SIN ROSTRO.

La relación del historiador con lo vivido, es decir
con la posibilidad de revivir o de “resucitar” un pasado.
Quiere restaurar lo olvidado y encontrar a los hombres
a través de las huellas que han dejado.
Implica además un genero literario propio: el relato.
Michel De Certau

Planteamiento del problema

La Guerra de los Mil Días se encuentra ubicada en el umbral entre el siglo XIX y el XX. Su principal valor histórico consiste en concebirla como un momento de transición, en donde cambia la forma de hacer la guerra. Es la última guerra del siglo XIX y la primera del XX. A partir de ella, se modifica la tradicional forma de la guerra civil en Colombia: será la ultima guerra en la que se vieron pasar los grandes ejércitos regulares. Pero a su vez hay que tener en cuenta otros factores de transformación que se ven adscritos a ella: la perdida de Panamá (1903); la creación de un ejército profesional y, la necesidad de tomar medidas políticas y económicas para controlar la desventurada inflación.

Al estudiar la Guerra de los Mil Días es posible internarse en los imaginarios y costumbres que se tejen alrededor del campo de batalla. Pretendo observar la forma como ha sido historiado, lo que de ella se ha escrito, pero a su vez, buscar las fuentes primarias que me permitan indagar esté hecho desde la perspectiva de los estudios subalternos.

La Guerra de los Mil Días es entendida como el conflicto más largo y sangriento de nuestra historia nacional. Se proclamó el 17 de Octubre de 1899: Mil ciento dieciocho días de combate duró este episodio que terminó en los meses de octubre y noviembre de 1902. Los años finales del siglo XIX Colombia vivía la transformación de un gobierno federal a uno centralista, proyecto político que se conoce como la Regeneración, cuyas bases están sentadas en la Constitución de 1886 bajo el gobierno de Rafael Núñez. Este fue un proyecto liderado por el conservatismo y los sectores más tradicionales de la oligarquía colombiana. Lo que enfrentó a los dos partidos tradicionales de nuestro país: liberales y conservadores. Bajo estos gobiernos, el país cayo en una complicada crisis económica que azuzó el descontento en sectores populares y en dirigentes de la oposición. El liberalismo se agolpó en torno a tres generales: Benjamín Herrera, Gabriel Vargas y Rafael Uribe Uribe y se lanzó a la guerra.

En este sentido mi interés esta dirigido a buscar otras voces históricas, aquellas que han sido marginadas por no pertenecer al grupo de notables o dirigentes; mi intención es hallar relatos de sujetos corrientes, de soldados rasos, de comandantes sin prestigio, de dirigentes guerrilleros. Por esto tomaré dos preguntas centrales: ¿Cómo relatan la guerra otros sujetos distintos a los grandes directores? ¿cómo vivieron la guerra personajes que nos gozaban de prestigio?. Estas preguntas serán el hilo conductor que articule mis intereses y mi discurso sobre la guerra. En este sentido, es posible que los documentos que correspondan a este planteamiento estén ubicados en zonas como el Tolima y el Cauca, ya que fue allí donde se dieron los principales brotes de movimientos guerrilleros compuestos por campesinos.

Estado del arte

La Guerra de los Mil Días configura uno de los más aterradores pasajes de nuestra larga historia de guerras civiles. Al entrar a analizar un hecho histórico como este: de larga duración y sobre el cual se ha elaborado un largo listado de investigaciones, es necesario establecer cuales son las principales corrientes de investigación que lo han abordado. Las dos corrientes más fuertes son: la que corresponde a los estudios elaborados desde la perspectiva de la economía política y, por otra parte, los trabajos realizados sobre las memorias de los generales de la guerra. En menor medida, existen algunos trabajos que observan la guerra en relación a la perdida de Panamá, así como también trabajos sobre movimientos guerrilleros que actuaron durante la contienda.

Un gran numero de trabajos estudiados parten de indagar sus antecedentes y raíces. En su mayoría toman dos sucesos como referentes importantes de estudiar: en primera instancia, el impacto causado por la Constitución de 1886 conocida como la Regeneración. Según un trabajo de Fernán Gonzáles[1], dicho conflicto se dio a causa de las dificultades que propuso el enfrentamiento entre: un modelo de sociedad y de Estado, impuesto por los gobiernos Regeneracionistas; y la realidad social, cultural y geográfica de los pobladores del territorio colombiano. La tradición socio-política se tuvo que adaptar al sistema político centralista que impuso la nueva Constitución; lo que generó un malestar en los poderes regionales que se oponían a este intento. De la misma manera Charles Bergquist[2], coincide en que el punto de quiebre en la vida política del siglo XIX se da con el triunfo de un liberal converso: Rafael Núñez. “en 1885 los liberales perdieron el control de la política a favor de los conservadores; la perspectiva liberal fue rechazada y se hizo dominante en el país una filosofía económica y política de corte conservador, acorde con el regreso del país a una economía agraria relativamente cerrada”[3]. La nueva Constitución también tuvo un impacto político importante de reseñar: la exclusión de los distintos sectores políticos y sociales, y la feroz persecución a cualquier forma de oposición, incluso, una creciente burocracia que hizo del Estado un negocio que favorecía los intereses de los amigos del gobierno.

Otros investigadores, han relacionado este viraje constitucional con las razones que llevaron a que se presentaran movimientos disidentes que veían en la guerra el único camino para modificar la realidad. En 1895 se levantó un foco de insubordinados que se declararon en guerra contra el gobierno central. El gobierno de Miguel Antonio Caro se enfrentó a los ejércitos liberales. Este suceso también alberga algunas de las razones de la Guerra de los Mil Días.

Caro, había sido elegido presidente tras la muerte de Núñez; se le nombró presidente electo para el periodo de 1892-1898, pero en busca de la reelección tuvo que renunciar un año y medio antes, “La guerra del 95 la ganó Caro, pero esto, paradójicamente, le significo la perdida del poder. La Constitución establecía que sí el presidente quería presentarse a reelección para el periodo inmediatamente siguiente, que era de seis años, debía dejar el poder año y medio antes de la elección”[4] procurando no inhabilitarse dejó la presidencia en manos del general Quintero Calderón; quien pretendió conciliar a los dos sectores del conservatismo en pugna; los Nacionalistas, encabezados por Caro y los históricos. Esto obligó a Caro a retomar el poder a pesar de perder la posibilidad de reelección. Al quedar al margen de las siguientes elecciones, Caro propuso a dos ancianos para retener el poder; eligió como presidente al señor Manuel Antonio Sanclemente de 85 años y de vicepresidente a José Joaquín Marroquín de 71 años. Esta descripción permite observar las intrigas políticas que llevaron al Estado a un momento de crisis e inestabilidad, lo cual sin duda alguna, impulsó la confrontación armada.

El gobierno se encontraba dividió en dos facciones: Marroquín abogó por los históricos y Sanclemente fue el títere de Caro. Los problemas de salud de Sanclemente dieron paso a que Marroquín tomara las riendas del Estado. Marroquín impulsó algunas reformas en beneficio de los históricos, por ejemplo, la abolición de la ley de los caballos[5]; pero los nacionalistas dieron la pelea y restauraron a Sanclemente como presidente. El anciano tomó posesión del cargo y se radicó en Anapóima; nombró ministros y asesores a gusto de Caro y las reformas presentadas por Marroquín se echaron para atrás.

Las elecciones de 1898 fueron contundentes. Los candidatos liberales Miguel Samper y Foción Soto perdieron: 1606 votos por Sanclemente y 320 por Samper[6]. Estas elecciones son vistas por muchos investigadores como el germen de la guerra, ya que fue la gota que rebosó la copa, El sistema electoral era claramente desigual. El liberalismo se sentía no sólo excluido políticamente sino también robado en estas elecciones, y estaba reducido a dos curules en el congreso y una en la Cámara.

Esto atizó los ánimos guerreristas de los sectores políticos que se sentían marginados. En septiembre de 1899 el veterano General Gabriel Vargas Santos tomó la dirección de la guerra. Al interior del Partido Liberal emergía una nueva generación de intrépidos y belicistas: Rafael Uribe Uribe, Paulo Villar y Renón Figueredo entre otros. El liberalismo también se encontraba dividido; los pacifistas encabezados por Aquileo Parra, y los guerreristas. El 17 de Octubre de 1899 se proclamó la guerra.

Como dije anteriormente, una de las más importantes corrientes teóricas que atraviesa la investigación de ésta guerra, es la que se ocupa de la realidad económica que vivía el país. Los principales representantes de esta corriente son: Charles Bergquist, Fernán Gonzáles y Marco Palacios, quienes han estudiado la problemática económica del país, poniendo especial énfasis en el comportamiento del café y la devaluación de la moneda nacional.

A mediados de 1899, el país cayó en la más desastrosa situación económica. Una profunda crisis fiscal que debe ser entendida por dos factores determinantes: La caída en el precio internacional del café y la devaluación de la moneda. El café representaba el 70% de la economía exportadora: “el café colombiano en Nueva York bajó de 15 centavos de dólar la libra en 1896, a 8.5 centavos en 1899”[7]. El gobierno buscó equilibrar el presupuesto emitiendo papel moneda sin ningún sustento en la reserva del Banco Nacional, por lo que, la caída del peso fue inevitable: “el cambio de pesos por dólares que en mayo estaba en 200%, subió en julio a más de 500% y se estableció, por ese año, en 450%”[8]. Esta crisis económica agudizó las contradicciones. Se dieron despidos masivos de empleados públicos, lo que generó un descontento que terminó por decretar prudencia para los periódicos y medida de aseguramiento contra los principales lideres del liberalismo. El Estado entró en legislación extraordinaria.

Sobre el desarrollo de la guerra
Tras las dificultades que implicaba tomar el camino de la guerra el liberalismo logró ponerse deacuerdo, se iba a la guerra pero el problema era con qué[9]. Según la historiografía del tema, la guerra se divide en dos momentos: la guerra regular de caballeros y la guerra de guerrillas[10]. En un primer momento se formaron grandes ejércitos, pero tras las derrotas del ejército revolucionario se optó por una guerra irregular de guerrillas. “La guerra regular de los Generales-Caballeros”[11], nos habla de la formación de ejércitos de grandes magnitudes, dirigidos por importantes dirigentes del Partido Liberal; los tres lideres en torno a los cuales se dividió el poder del liberalismo fueron: Benjamín Herrera, Justo. L. Durán y Rafael Uribe Uribe, entre los cuales existieron insondables diferencias que se expresan en las memorias de la guerra[12]. Muy posiblemente el punto de quiebre en el que el liberalismo se ve obligado a enfrentar la guerra mediante la forma irregular o la guerra de guerrillas, sea la derrota en la sangrienta batalla de Palonegro.

Palonegro fue una de las batallas más larga y sangrientas de nuestra historia: 15 días con sus respectivas noches de combate. La palestra se inundo por el hedor de los cientos de cadáveres: “Más de mil quinientos liberales y mil gobiernistas murieron. Quedaron heridos 4.882”[13]. el ejercito liberal quedó cojeando, mal herido y cansado: se apagó el fervor de la revolución. No tuvo otro camino que optar por la guerra de guerrillas: “la opción de las guerrillas no fue decisión del liberalismo, sino el único recurso que le quedó después de la Palonegro”[14]. Esta batalla dio paso a la etapa final de la contienda: la guerra de guerrillas. Los generales Uribe y Herrera se retiraron hacía las fronteras en busca de apoyo de los gobiernos vecinos[15]. Uribe marchó a buscar apoyo en el gobierno liberal de Venezuela, mientras Benjamín Herrera se tomó el Departamento de Panamá. Los gobiernos de Ecuador, Venezuela y Nicaragua fueron el principal apoyo de los ejércitos revolucionarios.

Después de la derrota liberal en Santander la mayoría de las acciones de guerra fue producto de la actividad guerrillera[16] en el centro del país, especialmente en el Valle del Magdalena, “desde Honda hasta Neiva, con las vertientes cordilleranas que lo circundan, llegando por el oriente hasta el pie de monte llanero y por el occidente hasta las cercanías de Popayán.[17] Estas regiones tuvieron un poblamiento tardío y una colonización de carácter aluvional, donde las poblaciones mostraban un fragmentación social y una precaria presencia del Estado, así como también aparece un avance de los latifundios de frontera; lo que terminara por sembrar un profundo conflicto entre colonizadores y pobladores.

Con el aparente triunfo del gobierno se intensificó la persecución de los liberales y la guerra tomó un rumbo más sangriento y oscuro. Aparecieron nuevos lideres populares, sobre todo en las regiones de Tolima y el Cauca: el negro Marín, Tulio Barón y Avelino Rosas[18] entre otros, quienes fueron temerarios combatientes que actuaban en pequeños grupos mediante estrategias irregulares como emboscadas y sin armas regulares. Ramón Marín y Tulio Barón fueron famosos por sus cuadrillas de macheteros que incursionaban mientras los ejércitos del gobierno descansaban. En su momento estos personajes representaron una esperanza para la guerra liberal. Le dieron innumerable triunfos e infundieron ánimos guerrilleros y libertarios en las poblaciones donde tenían influencia; y lograron formar grandes fuerzas populares. “las guerrillas fueron constituidas principalmente por iletrados del campo, campesinos sin tierra, pequeños propietarios y colonos, trabajadores independientes, negros de las dos costas, indios de la Guajira, sur del Tolima, del Cauca y Panamá.”[19]

Finalmente, un tercer periodo de la guerra es lo que se conoce como la firma de acuerdos y la consecución de la paz. Esto debe ser visto a la luz de lo que fue la pérdida de Panamá[20]. El 24 de octubre de 1902, a través del tratado de Neriland. El general Rafael Uribe Uribe y el general Juan B. Tovar firmaron un acuerdo de cese de hostilidades. El convenio declaraba lo siguiente: “los que depongan las armas en virtud de lo convenido en este acto. No podrán en ningún tiempo ser perseguidos, juzgados ni penados por considerarse cabecillas de expediciones organizadas en países extranjeros”. Al mes siguiente, el 12 de noviembre en el acorazado Winsconsin se firmó la paz definitiva, en el que se acordó: “exclusiva competencia del poder judicial para promover y hacer efectivas responsabilidades por delitos comunes”. Y el 21 de noviembre en Chinacóta se firma el tercer acuerdo entre el general Ramón Gonzáles Valencia y el general Gabriel Vargas Santos. A los cuatro días se expedía el decreto de amnistía a quienes habían tomado parte en la rebelión. En julio de 1903 se levanto el Estado de sitió.

Marco teórico

Como dije en primer momento una de las corrientes teóricas que guiarán esta investigación será lo que se conoce como historia desde abajo[21] o Estudios subalternos: A finales del siglo XX historiadores de diversos países e intereses, empezaron a explorar la posibilidad de abordar otro tipo de fuentes, documentos que le dieran un enfoque social y económico al hecho. Edward Thompson en 1966, fue quien acuño el término de historia desde abajo[22]. La propuesta de Thompson está dirigida, no sólo a rescatar otro tipo de actores y testigos del pasado, sino a entender al pasado mismo, y al personaje en su tiempo. Lo que implica hacer uso de otro tipo de fuentes que la historia clásica ha marginado.

Para este trabajo es necesario desenterrar el significado de algunos conceptos, como por ejemplo, el genero de memorias. Este tema esta trabajado en el texto de Brenda Escobar[23]. Según la autora las memorias se conciben como: “Las memorias son una narración de acontecimientos del pasado en los cuales el autor ha participado. Ahora bien, como es una narración, los acontecimientos contados tienen un determinado orden: la memoria dispone de acontecimientos por etapas (inicio, nodo y desenlace)”[24]. Y continua: “la narración así como la historia nunca conseguirán informar sobre los hechos tal cual sucedieron, ni podrán hacer un relato total del pasado (…) en las memorias el autor hace parte integral de la narración, se ubica en el centro de ella (…) la memoria acentúa y agudiza algunos recuerdos, que corresponden a acontecimientos de épocas distintas, los acumula después sobre un momento determinado”. De esta manera, es necesario acercarse a este tipo de fuente desde una perspectiva crítica. Estas memorias han ocupado un importante lugar en la reconstrucción histórica, por lo que de alguna manera, estamos ante relatos que muchas veces tienen intereses particulares que van más allá de informar. A propósito de esto, Escobar escribe: “aunque estas memorias sean propias de testigos presénciales y sus versiones se hayan instituido como verdades a fuerza de repetición, son una fuente que se debe leer críticamente, teniendo en cuenta todos estos factores para poder valorar lo que allí se afirma.”[25]

Otro de los aportes de Escobar a nuestro tema, es la caracterización de las tendencias que se expresan en las memorias, y explica: “vemos, pues, que la Guerra de los Mil Días es un episodio que ha sido contado de muchas maneras. Lo importante no es mirar cuál de ellas es verdadera, sino percatarse de la manera como la historia juega con determinados hitos para adaptarlos cada vez a nuevos presentes. Las diferentes versiones de las memorias son producto de la situación particular desde la que ese suceso se observe, de los intereses de cada época, de los partidos, de los bandos de los partidos”[26]. Según esto, la autora establece dos momentos en que aparecen las memorias: una primera oleada, que corresponde a las memorias de la primera década del siglo XX; y, una segunda oleada, en la década de los años treinta. Las primeras están llenas de acusaciones, reclamos, declaraciones, rectificaciones y respuestas entre las principales figuras de la guerra. Lo que se explica por las divisiones internas de los partidos. Este primer grupo de memorias se extienden hasta la primera década después de finalizada la guerra. La segunda oleada, aparece durante los años treintas y cuarentas, y sus narraciones obedecen a una reorientación histórica de lo que fue la guerra, en primera instancia por el advenimiento al poder de los liberales, que se ensañaron en rectificar lo que se había construido como memoria histórica de la guerra. Era una especie de rectificación histórica que se sostenía, que la guerra había rendido sus frutos treinta años después con el triunfo electoral entorno al prócer liberal Olaya Herrera. A propósito de esto Escobar apunta: “los liberales parecen tener pretensión de reescribir el pasado para construir una nueva memoria colectiva, una nueva historia nacional que sea coherente con los intereses del nuevo gobierno. Ellos deben construir un nuevo “nosotros”, una nueva nación que sea liberal. Para ello revisan el pasado y exaltan de él los momentos que más se vinculen con su historia”[27].

La historia, concebida como una construcción discursiva que implica, inevitablemente, una actividad política, como lo explica De Certeau: “la historiografía se apoya como ultimo recurso en un poder político que se distingue efectivamente del pasado y de la totalidad de la sociedad. El “hacer historia” se apoya en un poder político que crea un lugar propio (ciudad, Nación etc.) Donde un querer puede y debe escribir (construir) un sistema (razón que organiza practicas) (…) el poder debe legitimarse, otorgando a la fuerza que lo vuelve efectivo una autoridad que lo haga creíble”[28].

Objetivos generales y específicos

Este trabajo de investigación pretende desenterrar otras versiones de la guerra; revindicar testimonios ocultos que me permitan hacer una lectura de la guerra no sólo desde sus implicaciones políticas o económicas; asuntos que son tratados por las elites que se han encargado de contar el desarrollo de la guerra, sino también relacionar este suceso bélico con una historia social, que haga una lectura de las formas culturales que se arraigan en el pensamiento popular y así, dedicarle atención a otras formas de vivir la guerra. Pensar los ritos que ésta encierra, las representaciones que de ella tienen sectores marginales de la sociedad. Se buscan narraciones menos metafóricas y mistificadas a la luz de de los grandes clásicos de la literatura; se pretende darle cabida a percepciones menos elaboradas e intencionales. Para esto, es necesario hacer una profunda búsqueda de archivo en procura de memorias que sean acordes con el planteamiento del problema.

Diseño del trabajo de archivo y metodología

En un trabajo propuesto por Aída Martinez[29], la autora presenta una lectura de la guerra basada en testimonios de sus protagonistas. El principal aporte de este trabajo es la investigación de fuentes que la autora desarrolla. De aquí tomamos algunos nombres y referencias de archivo que, aunque son hipotéticos, arrojan un haz de luz sobre el lugar donde habitan un sin numero de voces a la espera de ser escuchadas. De esta manera presentare algunos nombres con su respectiva ubicación:

Aníbal Pinzón[30]
Adolfo Ariza Quiñónez[31]
Antonio Bustos Valenzuela[32]
Paulo Emilio Villamizar.[33]
Bernardo Rodríguez[34]
Buenaventura Gómez[35]
Ismael de J. Olarte[36]
José Rosario Díaz[37]
Antonio Vicente Rueda[38]
Pastor Navas[39]

Como es evidente este trabajo requiere de una ardua investigación de archivo, pero a su vez exige de una operación crítica que estructure y sistematice la manera como serán abordas las fuentes; con este fin, tomaré algunas palabras de Michel Foucault, donde propone una manera de abordar el problema histórico: “Quien (..) quiere tratar un ‘problema’ surgido en un momento determinado, debe seguir otras reglas: elección del material en función de los datos del problema; focalización del análisis sobre elementos susceptibles de resolverlo; establecimiento de las relaciones que permiten esta solución”[40]. De todas formas creo que el cuestionario a las fuentes y los items que deben tener debe ser realizado cuando ya se haya analizado una determinada cantidad de material.





Bibliografía

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González, Fernán. “De la guerra regular de los ‘Generales-Caballeros’ A la guerra popular de los guerrilleros.”. En: Gonzalo Sánchez-Mario Aguilera (Editores). Memoria de un país en guerra. Los Mil Días 1899-1902. Planeta. Bogotá. 2001

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[1] González, Fernán. “De la guerra regular de los ‘Generales-Caballeros’ A la guerra popular de los guerrilleros.”. En: Gonzalo Sánchez-Mario Aguilera (Editores). Memoria de un país en guerra. Los Mil Días 1899-1902. Planeta. Bogotá. 2001. Pág. 107-122.
[2] Vale la pena aclarar que este es uno de los más importantes trabajos sobre el tema; es concebido como pionero en el estudio histórico desde la perspectiva de la economía política.
[3] Bergquist, Charles. Café y Conflicto en Colombia. 1886-1910. La guerra de los Mil Días: sus antecedentes y consecuencias. Fondo Rotatorio de Publicaciones FAES, Medellín.1981. Pág. 8
[4] Pardo Rueda, Rafael. Historia de las guerras. Editorial B Colombia. Bogotá. 2004 pág 338
[5] Así se le llamó a la ley de censura de prensa.
[6] Esta cifra es tomada del texto de Rueda. Ibíd. 339
[7] Rueda Opcit. Pág. 345
[8] Ibíd. Pag 340
[9] En las diferentes memorias escritas sobre la guerra se resalta el problema de la consecución de armas y recursos para sobrellevar la campaña. Vease el texto de Caballero, Lucas. Memorias de la Guerra de los Mil Días. El Ancora Editores. Bogotá 1980. En el que recurrentemente se habla de las dificultades en la consecución de recursos. Incluso muchos de los investigadores contemporáneos mencionan este problema, por ejemplo, el texto de Cardona, Jorge. “Un siglo pasado por las armas”. En: Magazín del Espectador. 17 Octubre de 1999
[10] Sobre esto ver los texto de Fernán Gonzales. Opcit, así como también se encuentra reseñado en le texto de Bergquist. Opcit.
[11] Tal y como aparece en el texto de Gonzales. Opcit.
[12] Ver el texto de Escobar, Brenda. “La guerra de los mil días vista a través de las memorias”. EN: Ganarse el cielo defendiendo la religión. Guerras civiles en Colombia, 1840-1902. UNIBIBLOS. Bogota. 2005
[13] Rueda. Opcit Pág 354
[14] Ibít
[15] valga decir, que este es otro de los temas recurrentes tanto en las memorias como en las investigaciones contemporáneas de la guerra: el tema del apoyo de los vecinos
[16] con respecto a este tema ver el libro de Jaramillo Eduardo, Carlos. Los guerrilleros del novecientos. Editorial Presencia. Bogotá. 1991
[17] Gozales. Opcit. Pág. 116
[18] sobre este personaje vease el texto: Ponce Muriel, Álvaro De Clérigos y generales. Crónicas sobre la Guerra de los Mil Días”. Panamericana. Bogotá. 2000.
[19] Gonzales. Opcit. Pág. 117
[20] sobre este tema ver los textos de Fischer, Thomas. “Desarrollo hacía afuera y revoluciones en Colombia, 1850-1910” y “De la Guerra de los Mil Días a la perdida de Panamá”. En: Gonzalo Sánchez y Mario Aguilera (Editores). Memoria de un país en guerra. Los Mil Días 1899-1902.Editorial Planeta. Bogotá. 2001. y Santos Molano, Enrique. 1903 Adiós Panamá. Villegas Editores. Colombia. 2004

[21] Ver el trabajo de Sharpe, Jim. “Historia desde abajo”. En: Burke, Peter. Formas de hacer historia. Alianza Editorial. Madrid. 1996
[22] Edward Thompson “History from de Below”en: The Times Literary Suplement. 7 de abril de 1966.
[23] Escobar, B. Opcit.
[24] Ibíd. Pág. 466
[25] Ibíd. Pág. 475
[26] Ibíd. Pág. 477
[27] Ibíd. Pág. 474
[28] De Certeau, Michel. “Escritura de la historia”. Edición y producciones La Galera. Paris. 1978. Pág. 20
[29] Martínez Carreño. Aída. La Guerra de los Mil Días. Testimonios de sus protagonistas. Planeta. 1999
[30] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 516, Exp. 971.
[31] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de Los Mil Días Caja 51, Expe. 1360
[32] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 150, Exp. 142
[33] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 4546, Exp. 244
[34] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 51, Exp. 1360.
[35] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 273, Exp. 66
[36] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 453, Exp. 96
[37] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 272, Exp. 663
[38] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 596, Exp. 1810
[39] AGN, Mindefensa, Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 442, Exp. 103
[40] Foucault, Michel. “el polvo y la nube”. En: Léonard; Jacques; Agulhon; Maurice; Ginzburg, Carlo Et Al. La imposible prisión. Debate con Michel Foucault. Cuadernos Anagrama. Barcelona. 1980. Pág. 42